miércoles, 28 de diciembre de 2011

Cerrando el calendario

Huele a nieve, a frío, a corazón desolado, a mente en blanco y miro por la ventana; los cuellos de los abrigos subidos hasta las orejas, la cabeza sin eje que la sostenga, las manos escarbando los fondos de los bolsillos y tú ¿dónde estás tú?
Un año más, un año menos. Doce meses dibujados en las hojas de una agenda que rebosa tinta; “La que he llorado, la que me ha salvado”
Huele a tristeza, tal vez la despedida de un trozo de vida que se va, que con suerte, regresará en el recuerdo, en los días que nos hicieron felices. Pensar en los días felices… Porque los otros, los que nos hieren, volverán sin avisar, sin pedir permiso, para hacernos la puñeta y recordarnos que también ellos existen y cuentan en el calendario.
Desde Cajón de Sastre, os deseo un 2012 maravilloso, lleno de cosas buenas.
Brindaré por toda la gente buena que he conocido a través de esta ventana.
Besos.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Un piccolo pezzo di poesia

                                     (una pequeña porción de poesía)

En los lugares más insospechados nacen versos, versos que alimentan ilusiones, que viajan doblados en el bolsillo del pantalón o en la cartera, que tienen vida porque el poeta les dotó de corazón.
Hace unos días, en una pizzería en Les Grands Boulevards de París, una mujer contemplaba la extraordinaria pizza que tenía ante sus ojos con la incredulidad jugando con el chuchillo, con el que armada, se disponía a hacer dos triángulos isósceles. Sus amigos, sonreían ante el gesto de gladiadora que en ese momento obsequiaba a la masa repujada de queso que desafiaba su escaso apetito. Acostumbrados a ver como solventaba habitualmente el problema, aquello se les antojaba un espectáculo con todos los permisos en regla. Por experiencia sabían que con dos minúsculas porciones daba por concluida la contienda. Así que el reto estaba servido y nunca mejor dicho.
Pero la muy… grandota, parecía un escudo más propio de Hugo de Pavens así que atemorizada ante tal envergadura, deslizó el plato hacia una esquina de la mesa y en el mantel azul que tan sobriamente habían depositado las viandas, comenzó a escribir. Situación en nada extraña para sus compañeros de mesa, acostumbrados a verla escribir en los lugares más insospechados, sí lo fue para uno de los camareros que serpenteaba por el comedor. Colocado tras ella como estatua de sal, avistaba por encima de su hombro cuanta palabra quedaba reflejada en el papel. Al pronto, otro de los compañeros se acercó para recriminarle la pérdida de tiempo (es que el tiempo es oro y últimamente está por las nubes) y se apartó ligeramente dejando que el aire que se colaba por la ventana abierta, golpeara sus riñones. Solo entonces, relajó la muñeca y sonrió a sus acompañantes. Echó un vistazo a sus platos, limpios hasta la pulcritud más refinada mientras que el suyo permanecía intacto, frío y desolado en la esquina de la mesa con el mantel azul, garabateado en español con un bolígrafo comprado en Estambul.
Y pensó que aquella situación le gustaba. Esa mezcla de países en una mesa; un grupito de españoles en Francia, ante una pizza italiana, atendida por un camarero portugués, escribiendo con un bolígrafo turco.
Desgarró el mantel, dobló el trozo que contenía el poema y lo guardó en el bolso, cogió una porción de pizza, bebió un sorbo de Lambrusco y todos se echaron a reír. Durante unos minutos fue centro de atención sin ella desearlo pero al salir a la fría calle parisina, tuvo una grata sensación. Gracias a las letras, a su afición, fue feliz por un momento y de paso, los demás.