Domingo y Marina conformaban un matrimonio bien avenido, de los de antes.
Toda la vida juntos, desde niños.
Desde su nacimiento, en el pueblo, todos daban por hecho que habían nacido tal para cual.
Y así ha sido hasta ahora.
Con sesenta años, Marina se ha cansado y ya no puede más…
-Mujer -le dice su peluquera- si has aguantado todo este tiempo…mira que Domingo ya está muy cascado y le puede dar algo…
Pero Marina está hasta el moño de aguantar y se pregunta por qué ha llegado hasta aquí.
-Esta noche, después de cenar, se lo suelto.
Espera que Domingo se tome la sopa; no se vaya a atragantar. Después, que se coma el pescadito y también la fruta.
El hombre trabaja mucho y se merece una buena cena. Aunque no sabe muy bien si se lo han dicho o lo ha leído…pero le suena eso de “Grandes cenas están las sepulturas llenas” Bueno, que el hombre se lo merece.
Se arma de valor y plantada delante de su marido le espeta:
-Domi, quiero decirte una cosa.
-Tú dirás, mujer.
-Estoy hasta las mismas que me llames “Lucero”
-¿..?
-Lucero se llamaba el asno de Antonio, el vecino de mi tía Casilda.
-Pero…
-Nada, que no me gusta que me llames como a un burro. Ya está.
-¿Y has esperado todos estos años para decírmelo?
-Es que dicen en la televisión que hay que mantener el diálogo.
miércoles 19 de agosto de 2009
lunes 3 de agosto de 2009
Hasta aquí
Sin maletas, no querías nada que recordara tu vida anterior. Deseabas empezar de nuevo; otro lugar, otro empleo, otras caras, otro olor.
Te dolía el alma, pero siempre hay remedio, esto se pasará - pensaste.
Y cruzaste la calle sin mirar atrás. La vida se presentaba una incógnita y eso, te hacía sentir diferente.
De nada habían servido las suplicas: “no te vayas, cambiaré…” Hasta aquí he aguantado –dijiste.
Ahora eras otra persona, un ser libre de pasado; un pasado corrompido, viciado e infeliz.
Todas las ilusiones en una pequeña bolsa de mano, todos los deseos en el bolsillo del abrigo.
Demasiados años agachando la cabeza, oyendo la voz del silencio, resucitando el fantasma de la soledad.
Había llegado la hora, nada te ataba, nada te impedía ser feliz.
Y te fuiste, en busca de la vida perdida.
Te habías ganado la libertad.
Te dolía el alma, pero siempre hay remedio, esto se pasará - pensaste.
Y cruzaste la calle sin mirar atrás. La vida se presentaba una incógnita y eso, te hacía sentir diferente.
De nada habían servido las suplicas: “no te vayas, cambiaré…” Hasta aquí he aguantado –dijiste.
Ahora eras otra persona, un ser libre de pasado; un pasado corrompido, viciado e infeliz.
Todas las ilusiones en una pequeña bolsa de mano, todos los deseos en el bolsillo del abrigo.
Demasiados años agachando la cabeza, oyendo la voz del silencio, resucitando el fantasma de la soledad.
Había llegado la hora, nada te ataba, nada te impedía ser feliz.
Y te fuiste, en busca de la vida perdida.
Te habías ganado la libertad.
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