miércoles 3 de junio de 2009

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El mensaje en la botella II

La noticia del amor de la sirena Ana y del farero Mario había salido en las portadas de todos los periódicos de tirada nacional. A nadie le extrañó que una sirena se enamorara de un humano, así como todo el mundo aceptó que Mario brillara como nunca desde que había conocido a Ana. Eran muchos los que de vez en cuando acudían al faro para que Ana les regalara una estrella y páginas en blanco. Autobuses repletos de personas buscando una esperanza, buscando ese amor del que hacían gala Ana y Mario. La sirena creía firmemente que el amor siempre llamaba a la puerta de cada uno, sólo debías de escuchar cuando eso ocurría.
El día en que ella leyó la noticia en el periódico se propuso escribirle una carta a Ana. Hacía algunos años que el amor había pasado de largo en su vida. Pero ella no se sentía desdichada, sino más bien sintió que ya iba siendo hora de coger otro tren. Arantza nunca creyó que sólo hubiera una oportunidad para cada uno, ya que los trenes pasaban continuamente. Así que aquella mañana escribió una carta dirigida a Ana. Antes de empezar se calzó con los últimos zapatos que se había comprado, porque eso le hacía sentirse más segura. Se preparó un café con leche, puso una barrita de incienso y sacó su viejo cuaderno de poemas. Aquel cuaderno que no leía desde los quince años, volvía a ponerle una sonrisa candorosa en los labios. Se ruborizó al comprobar que a pesar de los años, seguía manteniendo la sensibilidad y la inocencia de sus años jóvenes. Soltó una risa tan delicada que el cuaderno murmuró palabras ya olvidadas por ella.
Arantza comenzó con su carta. Durante varios minutos sostuvo la pluma en la mano sin saber qué decirle. Delante de la hoja se sentía una estúpida, y entonces escuchó el rumor de las páginas del cuaderno que le hablaban. Ella se dejó guiar por los sentimientos que tan bien recordaba. Hay cosas que jamás se olvidan, y más cuando se amado con pasión. No quería volver a imaginarse cómo sería su vida si volviera a pasar. Quería que sucediera de una vez por todas. Después de terminarla se dispuso a leerla en alto:
Querida Ana:
Tú no me conoces, pero yo he oído hablar de ti. Me alegro de que el amor haya llegado a tu vida. Antes de seguir me gustaría contarte ciertas cosas mías, pues aunque no nos conozcamos en persona, te siento como una amiga muy especial en mi vida. Me has dado las alas necesarias como para que me enfrente a mi destino. Mi sonrisa ya no luce como antaño, y unas pequeñas arrugas me hacen parecer más interesante. Es cierto que en ocasiones añoro mi juventud, pero no me arrepiento de nada de lo que he hecho en el pasado. He vivido como me ha parecido, para bien o para mal. Últimamente siento que a mis noches les falta una estrella que me arrope cuando estoy cansada, unos brazos que me den el aliento cuando me desanimo y unos besos tiernos que me sostengan el alma. Me gustaría decirte que construyo instantes preciosos y que mis manos son más expertas a la hora de hablar que mis labios. Aún me suelo ruborizar cuando alguien me halaga a través de mis poemas, pues ellos contienen toda la esencia de lo que soy. No me hace falta estar en París para enamorarme. Como ves no soy muy complicada. Sólo aspiro a lo que considero que me ya me corresponde por derecho. No creas que es una exigencia que te hago, es que he comprendido que sólo se salva el que quiere ser salvado. Y yo ya estoy preparada para asumir un nuevo reto en mi vida. Todos estos días en soledad han sido estupendos, pero mis manos necesitan hablar…
El sonido del portero automático la sobresaltó. Arantza dejó de leer la carta unos instantes. Pensó que sería el chico que, como todas las mañanas, repartía publicidad. Se dispuso a continuar, pero alguien insistía en llamar al timbre. Ella acudió a contestar.
-¿Sí? –preguntó con timidez.
-Tengo un mensaje para Arantza.
-Espere un segundo que enseguida bajo.
Arantza sintió una punzada en el estómago. Y sin saber muy bien por qué se pintó los labios y se arregló el pelo antes de salir a por el mensaje. Cuando llegó al portal se encontró con un hombre de mediana edad. Llevaba una estrella en una mano y una hoja en blanco en la otra. Al ver a Arantza le flaquearon las piernas.
-Hay una estrella para ti de parte de Ana… -murmuró el hombre-. Me ha dicho que había demasiados corazones sin aliento… Yo no entendía qué quería decime con eso, pero ahora que estoy frente a ti lo comprendo.
Arantza soltó una carcajada a la que se unió el hombre. Ambos se reían como cuando tenían quince años. Ella posó su mano en la mejilla de él para decirle cuánto había soñado con ese momento.
-¿Te apetece un café? –preguntó Arantza.
-Siempre me apetece un café… Por cierto, me llamo Adolfo –respondió él mirándola a los ojos.
-Bienvenido, Adolfo. No tengas prisa por marcharte –contestó Arantza con la tranquilidad del que sabe que sus manos no dejarían de hablar durante muchos años.

Este regalo es de Anabel. Una persona tan especial como todo lo que escribe.
Muchas gracias guapa.

6 comentarios:

Anabel Botella dijo...

Muchas gracias a ti, Aranzta. Me alegra de que te haya gustado. Ese es el mejor regalo para mí.
Saludos desde La ventana de los sueños.

América dijo...

Preciosos detalle,una carta dulce llena de esperanza,destacar una frase es difícil pues todo su contenido es poético,añorar lo que fuimos no es doloroso como bien apunta,sobre todo si se descubre que nuestra esencia esta intacta.un regalo bien merecido para un corazón especial.

TORO SALVAJE dijo...

Es muy bonito.
Un regalo inigualable.
Debes estar muy contenta, no es para menos.

Besos.

roxana dijo...

BELLO REGALO Y MUY BIEN RELATADO. SORPRESAS TIENE LA VIDA!!!! hay que saber esperarlas y sino salir a buscarlas!!!! Un besote

J. M. Rosario dijo...

Has dado un buen salto, Arantza! Jajaja! Ahora eres una hechura literaria; eso preserva de la muerte!

Besos!

Rosa Cáceres dijo...

El relato me ha sugerido infinidad de ideas sobre ti, Arantza. Pienso que quien lo ha escrito -Anabel Botella- te conoce y te interpreta, escribiendo un retrato físico y espiritual, una etopeya en toda la extensión de la palabra.