Cruzó el puente que la depositaba en la boca del túnel. Era un hermoso amanecer el que contemplaban sus ojos cerrados y se rebelaba a adentrarse en él. Por un momento, creyó ver un ángel que con ternura mesaba sus cabellos y le instaba a seguir el camino; el túnel cada vez se veía más cercano, pero ella, se resistía a salir de su capullo.
No ¡todavía no!
Ella no quería vivir en la oscuridad del olvido, además, sentiría más frío…¡No!
Su deseo era salir volando a la luz, pasearse entre las flores y acariciar a su gato. Su deseo era vivir.
Abrió los ojos y asustada comprobó que todos lloraban…¿por qué? ¿por qué lloráis? Estoy aquí, con vosotros, no me he ido, ya no siento frío.
Ahora soy una mariposa, y sonrió.
martes 2 de febrero de 2010
martes 26 de enero de 2010
El ladrón de sonrisas
Daniel lleva toda la vida con su cámara de fotos a cuestas. Son muchos años haciendo su trabajo y ha visto toda clase de caras, de cuerpos y como él suele decir; de almas.
Hace treinta años conoció a una chiquilla a la que tenía que hacer una fotografía para el colegio. Desde ese instante, aquella jovencita se convirtió en su más fiel cliente y cada vez que necesitaba una foto, iba corriendo donde Daniel. Este, orgulloso de su trabajo, lo realizaba con total dedicación y pasados los años, los premios se le acumularon, se hizo famoso y dejó su pequeño estudio para dedicarse a la fotografía de alto nivel.
Hacía diez años que no veía a Alejandra, ésta había puesto su confianza en otro estudio, más frío, menos amable pero tampoco ella buscaba más que una simple foto con la que cubrir el vacío del carnet de identidad o el revelado del carrete de las vacaciones estivales.
Ahora, después de tantos años…se han encontrado. Ha sido Daniel quien la ha reconocido y ante el abrazo cálido del hombre y sin saber muy bien por qué, se ha echado a llorar.
Desde que tenía doce años, Alejandra vio en Daniel a su príncipe. Él, doce años mayor que ella, era un joven prometedor cuando aquella niña entró en el estudio por primera vez, la vio crecer, hacerse mujer, casarse y en todas y cada una de sus fechas señaladas, ahí estaba él con su cámara de fotos colgada del hombro.
Pero llegó una oferta profesional que no podía rechazar, acababa de divorciarse y la propuesta le vino como tabla de salvación; traspasó el negocio y se marchó a París.
Como hijo pródigo, ha vuelto y esta vez para quedarse.
.-La verdad es que no tengo a nadie ni aquí ni allí, -le dijo- pero estaba cansado de aquella vida. Cierto que me ha dado mucho más de lo que imaginé cuando me fui, pero la soledad iba conmigo en la mochila y conmigo ha regresado.
Ha sido una bellísima sorpresa encontrarte, si, una agradable sorpresa.
Pero dime ¿qué has hecho estos últimos diez años?
.-Bueno, sigo trabajando en el mismo bufete y hace siete años me quedé viuda; mi marido sufrió un accidente de tráfico y tras pasar dos meses en coma, murió.
El médico me aconsejó realizar alguna actividad diferente para no sentirme tan sola pero a mí lo único que me liberaba era escribir y me puse a ello.
Después de varias intentonas, conseguí ganar un Concurso Literario y me publicaron la novela. Se titula “El ladrón de sonrisas”
.-Siento lo de tu marido pero me alegro por lo del libro, tengo que comprarlo, cuento con la dedicatoria, eh!
Por cierto ¿de qué va?
.- Es un fotógrafo que a todas las jovencitas les pide una sonrisa, pero hay una a la que le resulta difícil hacer reír.
.-jajaja, a ti no había quién te arrancase una sonrisa, eras muy seria, jajajaja.
.-Al final, no solo le roba la sonrisa deseada, también el corazón.
.-Dios, Alejandra, cuánto tiempo hemos perdido…
.-No Dany, hemos estado viviendo.
Hace treinta años conoció a una chiquilla a la que tenía que hacer una fotografía para el colegio. Desde ese instante, aquella jovencita se convirtió en su más fiel cliente y cada vez que necesitaba una foto, iba corriendo donde Daniel. Este, orgulloso de su trabajo, lo realizaba con total dedicación y pasados los años, los premios se le acumularon, se hizo famoso y dejó su pequeño estudio para dedicarse a la fotografía de alto nivel.
Hacía diez años que no veía a Alejandra, ésta había puesto su confianza en otro estudio, más frío, menos amable pero tampoco ella buscaba más que una simple foto con la que cubrir el vacío del carnet de identidad o el revelado del carrete de las vacaciones estivales.
Ahora, después de tantos años…se han encontrado. Ha sido Daniel quien la ha reconocido y ante el abrazo cálido del hombre y sin saber muy bien por qué, se ha echado a llorar.
Desde que tenía doce años, Alejandra vio en Daniel a su príncipe. Él, doce años mayor que ella, era un joven prometedor cuando aquella niña entró en el estudio por primera vez, la vio crecer, hacerse mujer, casarse y en todas y cada una de sus fechas señaladas, ahí estaba él con su cámara de fotos colgada del hombro.
Pero llegó una oferta profesional que no podía rechazar, acababa de divorciarse y la propuesta le vino como tabla de salvación; traspasó el negocio y se marchó a París.
Como hijo pródigo, ha vuelto y esta vez para quedarse.
.-La verdad es que no tengo a nadie ni aquí ni allí, -le dijo- pero estaba cansado de aquella vida. Cierto que me ha dado mucho más de lo que imaginé cuando me fui, pero la soledad iba conmigo en la mochila y conmigo ha regresado.
Ha sido una bellísima sorpresa encontrarte, si, una agradable sorpresa.
Pero dime ¿qué has hecho estos últimos diez años?
.-Bueno, sigo trabajando en el mismo bufete y hace siete años me quedé viuda; mi marido sufrió un accidente de tráfico y tras pasar dos meses en coma, murió.
El médico me aconsejó realizar alguna actividad diferente para no sentirme tan sola pero a mí lo único que me liberaba era escribir y me puse a ello.
Después de varias intentonas, conseguí ganar un Concurso Literario y me publicaron la novela. Se titula “El ladrón de sonrisas”
.-Siento lo de tu marido pero me alegro por lo del libro, tengo que comprarlo, cuento con la dedicatoria, eh!
Por cierto ¿de qué va?
.- Es un fotógrafo que a todas las jovencitas les pide una sonrisa, pero hay una a la que le resulta difícil hacer reír.
.-jajaja, a ti no había quién te arrancase una sonrisa, eras muy seria, jajajaja.
.-Al final, no solo le roba la sonrisa deseada, también el corazón.
.-Dios, Alejandra, cuánto tiempo hemos perdido…
.-No Dany, hemos estado viviendo.
martes 19 de enero de 2010
Permiso...
Ayer sufrí un leve accidente, no es nada grave pero una vez más ha habido una persona que ha estado conmigo, aparte de mi familia, claro está. Es una amiga, gran amiga a la que no me cansaré nunca de decir: GRACIAS, TE QUIERO.
Va por ella, con vuestro permiso.
CARTA A ELENA
Te quiero, que si. Tanto, tanto... que parezca que la sangre que corre por nuestras venas hubiese brotado del mismo manantial.
Que soy tu amiga, así no; AMIGA, con mayúsculas, con todo lo que entraña, como un matrimonio desigual, pero afín en los sentimientos, en las ganas de vivir, de soñar, de viajar, de reír...
Que te necesito, lo sabes, para volar por los sueños, para flotar en los versos, para amar la fantasía, para tener los pies anclados en la realidad.
Que me necesitas, que si, lo sé; para saber que nadie puede quererte de esta manera; solo porque eres tú, así, mi loca querida, lanzada, que no te impone nada, impulsiva hasta hacerse molécula, hasta desaparecer y renovar tu cariño una y otra vez.
Que te vacías por la amistad, dándolo todo...y así, querida Elena, se sufre.
Qué te voy a decir yo...
Pues eso, que te quiero y sabes , lo sabes bien, que nunca jamás te haré daño, no entra en mis planes, no cabe en mi corazón; que es ahí donde estás.
Y no llores...
Besos, muchos, todos.
Ayer sufrí un leve accidente, no es nada grave pero una vez más ha habido una persona que ha estado conmigo, aparte de mi familia, claro está. Es una amiga, gran amiga a la que no me cansaré nunca de decir: GRACIAS, TE QUIERO.
Va por ella, con vuestro permiso.
CARTA A ELENA
Te quiero, que si. Tanto, tanto... que parezca que la sangre que corre por nuestras venas hubiese brotado del mismo manantial.
Que soy tu amiga, así no; AMIGA, con mayúsculas, con todo lo que entraña, como un matrimonio desigual, pero afín en los sentimientos, en las ganas de vivir, de soñar, de viajar, de reír...
Que te necesito, lo sabes, para volar por los sueños, para flotar en los versos, para amar la fantasía, para tener los pies anclados en la realidad.
Que me necesitas, que si, lo sé; para saber que nadie puede quererte de esta manera; solo porque eres tú, así, mi loca querida, lanzada, que no te impone nada, impulsiva hasta hacerse molécula, hasta desaparecer y renovar tu cariño una y otra vez.
Que te vacías por la amistad, dándolo todo...y así, querida Elena, se sufre.
Qué te voy a decir yo...
Pues eso, que te quiero y sabes , lo sabes bien, que nunca jamás te haré daño, no entra en mis planes, no cabe en mi corazón; que es ahí donde estás.
Y no llores...
Besos, muchos, todos.
sábado 2 de enero de 2010
Con la tinta de sus venas
Acostumbrada al tañir diario de las campanas, aquel día no presagiaba nada nuevo…la misma ceremonia matutina desfilaba ante los ojos hechos a la rutina. Un día más y un día menos.
Nada en su semblante destacable, tal vez un pequeño surco descubierto, otro más, pero aceptado con la misma resignación y el mismo fastidio.
Un folio en blanco abandonado sobre una mesa sin más compañía que un pequeño clip haciendo equilibrios en la esquina.
Sentada en su nueva silla buscó los lapiceros humillando los maltrechos cajones. Pensó que muy bien podría haber cambiado la mesa porque algún día no muy lejano la vería caer a sus pies hecha astillas, pero le había dado pena, esa pena que nace de los recuerdos, del duro trabajo y del apego inútil a las cosas materiales. La vieja mesa era como ella o mejor, era ella; resistente a los golpes, al tiempo y a las heridas.
Había llegado hasta aquí apoyando sus codos día tras día, sujetando su frente con la esperanza de que el alivio produjese un nuevo verso y así terminar el poema más atravesado.
Y hoy, una rabia infinita se había colado por alguna rendija. Notaba una temblorosa inseguridad como parte integrante de aquella comparsa.
Volvía a enfrentarse una vez más a aquel ruedo sin toro, vacío e inmaculado; el folio.
Diseñar los primeros capotazos, limpios y claros, trabajando las palabras con pases suaves o atrevidas para que al final de la faena, el rival, el enemigo, sucumbiese bajo la satisfacción de una buena estocada; la publicación de un libro.
Ignoró los forasteros sonidos, solo el latir de su corazón y el viaje galopante de su sangre por las venas era el hilo musical que envolvía el paisaje. Su mente revoloteaba en busca de sueños y sonrisas con las que decorar su fantasía y sus ojos, como los de aquella vieja canción, fijaban la esperanza en los tibios renglones de una antigua historia para nada olvidada.
Tantas caídas habían magullado los rincones más recónditos de su espíritu, pero aún así, seguía teniendo la fuerza y valentía para seguir. Sabía que siempre hay una salida, de la misma manera que no ignoraba que aunque todos ofrecen la palabra, pocos son los que dan la mano. Tal vez por eso evitaba el contacto y asumía todo el trabajo. Al fin y al cabo el dolor era de ella.
Era una goma gastada, frágil por dentro, dura por fuera; cuanto más se la usa, más endurece su aspecto.
Se levantó y miró tras la ventana, la lluvia caía con insistente apresura formando charcos en la calle, estaba sola.
A veces la soledad – pensó – es todo un premio y hoy se sentía agraciada con ella.
Se preparó un café y volvió a sentarse en su silla nueva. Contempló la mesa ahora llena de folios preñados de letras, el clip había desaparecido pero un pequeño diccionario había ocupado su lugar.
Delante de ella, su vida, su pasado, su presente y por qué no, su futuro.
A nadie tenía que dar explicaciones, la soledad era un lujo en esos momentos y podía hacer y deshacer cuanto quisiera, de la misma forma que podía ir donde se le antojase y en ese mismo instante supo lo que quería…si, haría un viaje. Se merecía un cambio de aires.
Mañana iría a la agencia y con un poco de suerte, soltaría por unos días el nudo que la estrangulaba.
Llegó el día, la maleta lista y la documentación en el bolso; todo preparado para partir.
Ya en el avión pensó en cual habría sido la motivación para elegir Egipto. Por Dios, qué tonta, que forma de dar vueltas a todo…¿qué pretendía? ¿analizar hasta un maldito viaje? Comprobó que el compañero de asiento la miraba como si fuese un bicho, ¿cómo te va a mirar? ¿acaso no te has dado cuenta que estás hablando sola? Decidió cerrar los ojos. Y se durmió.
“Vagaba por la calle solitaria, no había ni un alma al que poder dirigirse, todo estaba tan oscuro…pero ¿se puede saber donde se ha metido la gente? Empezaba a angustiarse y decidió sentarse y esperar…de pronto un perro se acercó y comenzó a ladrar”
“Señora, oiga señora, el vuelo ha finalizado, tiene que abandonar el avión”
Ha sido un sueño, espero que no sea nada premonitorio- pensó.
Navegaba por el Nilo y ella, sentada en la cubierta de la nave, contemplaba pasar suavemente el paisaje acariciando su espíritu. Hacía tanto tiempo que no sentía esa paz en su interior, que apenas se reconocía. En las excursiones, solo había sido una marioneta sin alma, demasiada gente y eso no le proporcionaba la serenidad que deseaba, pero en el barco la cosa cambiaba, podía muy bien zafarse del ruidoso grupo y sentarse simplemente a la luz de la luna.
Había descubierto un lugar diferente a cuantos había conocido, de eso no le cabía ninguna duda, sabía que el regreso a casa iba a ser decepcionante pero aún le quedaban tres días en El Cairo y después ya nada sería igual.
Y volvió a su mesa, a su silla nueva y al folio en blanco que la miraba con desconfianza. Volvió a reencontrarse con sus “neuras” y se sintió incapaz de coger el lapicero y vulnerar la pureza de aquella hoja que mostraba su desamparo sobre la vieja mesa.
Otro día más, otro menos. La soledad recorriendo cada rincón de aquella casa cada vez más vacía.
¿Estaba tirando la toalla? ¡No! No se permitiría esa licencia, para nada.
Se dio una ducha, abrió el armario y escogió la ropa que creyó adecuada, después, maquilló su rostro con un fino maquillaje y tras mirarse una última vez en el espejo, salió de casa con rumbo a ninguna parte.
Vagabundeó por las calles hartamente conocidas, los escaparates anunciaban la próxima Navidad y le asoló una tremenda tristeza.
“Qué manía tienen con adelantarla dos meses. Les parecerá de perlas tenernos sesenta días escuchando villancicos, impregnar el aire con el empalagoso olor del turrón y los mazapanes, mantener todos los escaparates llenos de bombillas y la gente…la gente no para de reír ¿por qué?
Pensamientos que se agolpaban en su cabeza luchando todos para poder salir en forma de grito, era eso, solo deseaba gritar. Por fin decidió entrar en una cafetería y tomarse un café. Todas las mesas estaban ocupadas pero le apetecía tanto su ración de cafeína que apuró el brebaje de un solo trago y de nuevo salió a la calle. Se vio cada momento más deprimida, se sentía un náufrago en la inmensidad del mar y decidió volver a casa, con la moral a punto de desmoronarse, con el convencimiento de que no le gustaba la gente, lo que a ella le gustaba de verdad era la soledad.
Volvió de nuevo a la compañía de sus lapiceros, de sus inmaculados folios y de su vieja mesa. En ese rincón de aventura, era feliz, lo poseía todo, lo creaba todo, no necesitaba nada más. Se levantó y se preparó un humeante café, llovía y ella se encontró en el paraíso. Mañana llamaría al editor.
Nada en su semblante destacable, tal vez un pequeño surco descubierto, otro más, pero aceptado con la misma resignación y el mismo fastidio.
Un folio en blanco abandonado sobre una mesa sin más compañía que un pequeño clip haciendo equilibrios en la esquina.
Sentada en su nueva silla buscó los lapiceros humillando los maltrechos cajones. Pensó que muy bien podría haber cambiado la mesa porque algún día no muy lejano la vería caer a sus pies hecha astillas, pero le había dado pena, esa pena que nace de los recuerdos, del duro trabajo y del apego inútil a las cosas materiales. La vieja mesa era como ella o mejor, era ella; resistente a los golpes, al tiempo y a las heridas.
Había llegado hasta aquí apoyando sus codos día tras día, sujetando su frente con la esperanza de que el alivio produjese un nuevo verso y así terminar el poema más atravesado.
Y hoy, una rabia infinita se había colado por alguna rendija. Notaba una temblorosa inseguridad como parte integrante de aquella comparsa.
Volvía a enfrentarse una vez más a aquel ruedo sin toro, vacío e inmaculado; el folio.
Diseñar los primeros capotazos, limpios y claros, trabajando las palabras con pases suaves o atrevidas para que al final de la faena, el rival, el enemigo, sucumbiese bajo la satisfacción de una buena estocada; la publicación de un libro.
Ignoró los forasteros sonidos, solo el latir de su corazón y el viaje galopante de su sangre por las venas era el hilo musical que envolvía el paisaje. Su mente revoloteaba en busca de sueños y sonrisas con las que decorar su fantasía y sus ojos, como los de aquella vieja canción, fijaban la esperanza en los tibios renglones de una antigua historia para nada olvidada.
Tantas caídas habían magullado los rincones más recónditos de su espíritu, pero aún así, seguía teniendo la fuerza y valentía para seguir. Sabía que siempre hay una salida, de la misma manera que no ignoraba que aunque todos ofrecen la palabra, pocos son los que dan la mano. Tal vez por eso evitaba el contacto y asumía todo el trabajo. Al fin y al cabo el dolor era de ella.
Era una goma gastada, frágil por dentro, dura por fuera; cuanto más se la usa, más endurece su aspecto.
Se levantó y miró tras la ventana, la lluvia caía con insistente apresura formando charcos en la calle, estaba sola.
A veces la soledad – pensó – es todo un premio y hoy se sentía agraciada con ella.
Se preparó un café y volvió a sentarse en su silla nueva. Contempló la mesa ahora llena de folios preñados de letras, el clip había desaparecido pero un pequeño diccionario había ocupado su lugar.
Delante de ella, su vida, su pasado, su presente y por qué no, su futuro.
A nadie tenía que dar explicaciones, la soledad era un lujo en esos momentos y podía hacer y deshacer cuanto quisiera, de la misma forma que podía ir donde se le antojase y en ese mismo instante supo lo que quería…si, haría un viaje. Se merecía un cambio de aires.
Mañana iría a la agencia y con un poco de suerte, soltaría por unos días el nudo que la estrangulaba.
Llegó el día, la maleta lista y la documentación en el bolso; todo preparado para partir.
Ya en el avión pensó en cual habría sido la motivación para elegir Egipto. Por Dios, qué tonta, que forma de dar vueltas a todo…¿qué pretendía? ¿analizar hasta un maldito viaje? Comprobó que el compañero de asiento la miraba como si fuese un bicho, ¿cómo te va a mirar? ¿acaso no te has dado cuenta que estás hablando sola? Decidió cerrar los ojos. Y se durmió.
“Vagaba por la calle solitaria, no había ni un alma al que poder dirigirse, todo estaba tan oscuro…pero ¿se puede saber donde se ha metido la gente? Empezaba a angustiarse y decidió sentarse y esperar…de pronto un perro se acercó y comenzó a ladrar”
“Señora, oiga señora, el vuelo ha finalizado, tiene que abandonar el avión”
Ha sido un sueño, espero que no sea nada premonitorio- pensó.
Navegaba por el Nilo y ella, sentada en la cubierta de la nave, contemplaba pasar suavemente el paisaje acariciando su espíritu. Hacía tanto tiempo que no sentía esa paz en su interior, que apenas se reconocía. En las excursiones, solo había sido una marioneta sin alma, demasiada gente y eso no le proporcionaba la serenidad que deseaba, pero en el barco la cosa cambiaba, podía muy bien zafarse del ruidoso grupo y sentarse simplemente a la luz de la luna.
Había descubierto un lugar diferente a cuantos había conocido, de eso no le cabía ninguna duda, sabía que el regreso a casa iba a ser decepcionante pero aún le quedaban tres días en El Cairo y después ya nada sería igual.
Y volvió a su mesa, a su silla nueva y al folio en blanco que la miraba con desconfianza. Volvió a reencontrarse con sus “neuras” y se sintió incapaz de coger el lapicero y vulnerar la pureza de aquella hoja que mostraba su desamparo sobre la vieja mesa.
Otro día más, otro menos. La soledad recorriendo cada rincón de aquella casa cada vez más vacía.
¿Estaba tirando la toalla? ¡No! No se permitiría esa licencia, para nada.
Se dio una ducha, abrió el armario y escogió la ropa que creyó adecuada, después, maquilló su rostro con un fino maquillaje y tras mirarse una última vez en el espejo, salió de casa con rumbo a ninguna parte.
Vagabundeó por las calles hartamente conocidas, los escaparates anunciaban la próxima Navidad y le asoló una tremenda tristeza.
“Qué manía tienen con adelantarla dos meses. Les parecerá de perlas tenernos sesenta días escuchando villancicos, impregnar el aire con el empalagoso olor del turrón y los mazapanes, mantener todos los escaparates llenos de bombillas y la gente…la gente no para de reír ¿por qué?
Pensamientos que se agolpaban en su cabeza luchando todos para poder salir en forma de grito, era eso, solo deseaba gritar. Por fin decidió entrar en una cafetería y tomarse un café. Todas las mesas estaban ocupadas pero le apetecía tanto su ración de cafeína que apuró el brebaje de un solo trago y de nuevo salió a la calle. Se vio cada momento más deprimida, se sentía un náufrago en la inmensidad del mar y decidió volver a casa, con la moral a punto de desmoronarse, con el convencimiento de que no le gustaba la gente, lo que a ella le gustaba de verdad era la soledad.
Volvió de nuevo a la compañía de sus lapiceros, de sus inmaculados folios y de su vieja mesa. En ese rincón de aventura, era feliz, lo poseía todo, lo creaba todo, no necesitaba nada más. Se levantó y se preparó un humeante café, llovía y ella se encontró en el paraíso. Mañana llamaría al editor.
jueves 17 de diciembre de 2009
¿Bailamos?
Mis vacaciones navideñas se adelantan.
Problemas personales me obligan a hacer un descanso prematuro.
Os deseo Feliz Navidad. Disfrutar de las Fiestas.
Para haceros compañía; este relato que espero guste.
Muchos besos a todos, os echaré mucho de menos. Me conozco bien.
La vida es generosa.
Siempre oía esas palabras cada vez que se quejaba.
Marta llevaba demasiado tiempo encadenada a una cama, sufriendo casi en silencio el mal que le aquejaba. Su vida se había convertido en un pozo vacío del que le resultaba imposible salir.
Ernesto, su padre, revivía día tras días el momento que le comunicaron que su hija no tendría futuro y de eso hacía ya diez años.
Pero a la pena que le quitaba el sueño, unía la esperanza de verla un día más. Por eso se repetía una y otra vez la misma frase: “la vida es generosa” y Ana, su mujer, se preguntaba si su marido estaría bien de la cabeza.
¿Cómo podía pensar eso viendo a Marta es ese estado?
A pesar de los dolores, para la joven, lo más pesado de su aislamiento era no poder bailar. Cada noche soñaba con un joven apuesto que la llevaba por una sala llena de bailarines…y recordaba los grandes bailes de todas esas películas antiguas con aquellos pomposos vestidos y aquellos grandes lazos…
Y cada mañana…”era un sueño”, se repetía. El galán había dejado de existir.
Pedía una película y renovaba ilusiones, así mantenía el espíritu en movimiento.
Y soñaba, soñaba….
Aquel día cumplía veinte años y ante sus ojos…un chico alto y bien esculpido se presentó ante ella. Asombrada, con los ojos desorbitados le preguntó quién era y qué hacía allí, a lo que el galán, contestó: Me llamo Damián, soy argentino y profesor de baile y estoy aquí para bailar contigo. No, no me mires así, sé de tu problema pero me han dicho que tu mayor deseo es aprender a bailar, que es un sueño que crees nunca se podrá realizar y mira Marta…aquí estoy yo para llevarte la contraria.
Pero empezaremos por el principio; esto va a ser laborioso y como todo trabajo, necesita su uniforme. En esta caja está todo lo imprescindible.
Marta abrió la caja y si ya anteriormente se había quedado sin habla, un poco por la sorpresa y otro porque Damián no la dejaba soltar palabra….entonces…enmudeció por completo. Dentro de la caja se hallaba el más bello vestido jamás visto; blanco con un gran lazo verde.
Era el regalo de su padre.
Ernesto tenía razón; “La vida es generosa” siempre y cuando tengas alguien que te quiera.
Problemas personales me obligan a hacer un descanso prematuro.
Os deseo Feliz Navidad. Disfrutar de las Fiestas.
Para haceros compañía; este relato que espero guste.
Muchos besos a todos, os echaré mucho de menos. Me conozco bien.
La vida es generosa.
Siempre oía esas palabras cada vez que se quejaba.
Marta llevaba demasiado tiempo encadenada a una cama, sufriendo casi en silencio el mal que le aquejaba. Su vida se había convertido en un pozo vacío del que le resultaba imposible salir.
Ernesto, su padre, revivía día tras días el momento que le comunicaron que su hija no tendría futuro y de eso hacía ya diez años.
Pero a la pena que le quitaba el sueño, unía la esperanza de verla un día más. Por eso se repetía una y otra vez la misma frase: “la vida es generosa” y Ana, su mujer, se preguntaba si su marido estaría bien de la cabeza.
¿Cómo podía pensar eso viendo a Marta es ese estado?
A pesar de los dolores, para la joven, lo más pesado de su aislamiento era no poder bailar. Cada noche soñaba con un joven apuesto que la llevaba por una sala llena de bailarines…y recordaba los grandes bailes de todas esas películas antiguas con aquellos pomposos vestidos y aquellos grandes lazos…
Y cada mañana…”era un sueño”, se repetía. El galán había dejado de existir.
Pedía una película y renovaba ilusiones, así mantenía el espíritu en movimiento.
Y soñaba, soñaba….
Aquel día cumplía veinte años y ante sus ojos…un chico alto y bien esculpido se presentó ante ella. Asombrada, con los ojos desorbitados le preguntó quién era y qué hacía allí, a lo que el galán, contestó: Me llamo Damián, soy argentino y profesor de baile y estoy aquí para bailar contigo. No, no me mires así, sé de tu problema pero me han dicho que tu mayor deseo es aprender a bailar, que es un sueño que crees nunca se podrá realizar y mira Marta…aquí estoy yo para llevarte la contraria.
Pero empezaremos por el principio; esto va a ser laborioso y como todo trabajo, necesita su uniforme. En esta caja está todo lo imprescindible.
Marta abrió la caja y si ya anteriormente se había quedado sin habla, un poco por la sorpresa y otro porque Damián no la dejaba soltar palabra….entonces…enmudeció por completo. Dentro de la caja se hallaba el más bello vestido jamás visto; blanco con un gran lazo verde.
Era el regalo de su padre.
Ernesto tenía razón; “La vida es generosa” siempre y cuando tengas alguien que te quiera.
miércoles 16 de diciembre de 2009
Rosa Cáceres

http://rosa-caceres.blogspot.com/
Rosa es una maravillosa escritora.
La conocí a través del blog, como a todos vosotros, pero se ha convertido en una amiga con la que hablo por teléfono y comparto alegrías y algún que otro secretillo.
A raiz de la edición de su libro El Emboscado, hemos tenido también contacto por carta y ya son tres trabajos suyos los que están acomodados en mi biblioteca.
El Emboscado, Aura y El fruto de oro.
Rosa es una excepcional persona y una mujer encantadora.
Desde aquí todo mi cariño.
Gracias Rosa por tu regalo.
jueves 10 de diciembre de 2009
En sus brazos, seguía siendo tuya
Soñé que llovían palabras de amor…que tus brazos envolvían mis deseos, que tus labios calmaban mis angustias, que tu ausencia…ay, tu ausencia…solo era una pesadilla.
Pero hace tanto que cruzamos las sombras de nuestras errantes vidas y transformamos en fantasmas nuestros gritos…
Olvidamos aquellas noches cargadas de aromas, de flores cortadas en otoño…recuerdas…aquella prímula sobre la cama….
Nos reímos de aquellos momentos que lo fueron todo y no dejaron nada, de los sueños velados en noches sin luna, de las miradas perdidas, de las manos jugando a ser caricia…de los besos que se fundieron en el calor del deseo, nos reímos…nos reímos hasta de los fantasmas.
Y llegó la despedida; de pie, bajo la lluvia, escuchamos abrazados cómo bailaba el agua sobre los tejados. Y nos besamos, el último beso, el más amargo que me han dado.
Doblamos la calle; tú con ella, yo, a sus brazos.
Así ha pasado el tiempo, añorando aquella última gota de lluvia y en sus brazos, seguía siendo tuya.
Y tal vez algún día, cuando ya seamos viejos, recordemos que tuvimos la oportunidad de vivir otra vida y no la vivimos.
Pero hace tanto que cruzamos las sombras de nuestras errantes vidas y transformamos en fantasmas nuestros gritos…
Olvidamos aquellas noches cargadas de aromas, de flores cortadas en otoño…recuerdas…aquella prímula sobre la cama….
Nos reímos de aquellos momentos que lo fueron todo y no dejaron nada, de los sueños velados en noches sin luna, de las miradas perdidas, de las manos jugando a ser caricia…de los besos que se fundieron en el calor del deseo, nos reímos…nos reímos hasta de los fantasmas.
Y llegó la despedida; de pie, bajo la lluvia, escuchamos abrazados cómo bailaba el agua sobre los tejados. Y nos besamos, el último beso, el más amargo que me han dado.
Doblamos la calle; tú con ella, yo, a sus brazos.
Así ha pasado el tiempo, añorando aquella última gota de lluvia y en sus brazos, seguía siendo tuya.
Y tal vez algún día, cuando ya seamos viejos, recordemos que tuvimos la oportunidad de vivir otra vida y no la vivimos.
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