Violeta tiene tres hijos. Violeta, es madre por encima de todo.
Hace tiempo, olvidó sentirse mujer y ya, ni se mira al espejo ¿para qué?
Todos los días, se levanta muy temprano. Prepara la comida, despierta a los niños, hace las camas, lleva a sus hijos al colegio y se va a trabajar.
Violeta trabaja en una multinacional y su jornada habitual, es un martillo tenaz que fatiga su voluntad. Cada noche, cuando la luna está en todo su esplendor, agotada, Violeta llega a casa.
Los niños están en la cama, han hecho sus deberes, han cenado, y su marido, dormita en el sofá del salón.
Violeta se siente una extraña. Su marido e hijos, apenas la conocen ya.
El piso, el coche, las vacaciones en la playa… sin eso, no pueden pasar… y Violeta trabaja tanto, que se olvidó descansar.
No puede ir al médico, el tiempo, la abandonó. La peluquera, su nombre olvidó. Violeta se tiñe en casa y un buen día decidió, que la larga melena, le sentaba fenomenal.
Ha olvidado sus amigas, no tiene vida social. Los domingos, sin muchas ganas, del brazo de su marido sale a pasear. Y a veces, ni eso, porque se queda a planchar.
De vez en cuando, pide ayuda en el desierto. Salva, ¿me podrías ayudar?, no me puedo fraccionar. Pero su marido, está cansado, “no para de trabajar” y con la copa en la mano y sentado en su sofá, la mira con pereza y vuelve a reposar.
Violeta llora en silencio, y se marcha a trabajar.
De tanto llorar, amiga, el lagrimal se te va a secar.
Hacía años que Violeta había perdido el norte de su brújula. Su vida, se había convertido en un barco a la deriva.
Pasaba y pensaba demasiado en su trabajo. Le dedicaba tanto tiempo, que el resto de las cosas y de las personas, solo eran meras comparsas.
Comparsas de una vida vacía, sin fundamento. Donde lo único claro que tenía, era su amor por el trabajo, su dedicación constante a él.
Cuántas veces le habían avisado que se estaba convirtiendo en una máquina, que no podría seguir así, que estaba perdiendo el rumbo.
Había descuidado su matrimonio, dándole sentido a la rutina y al deterioro.
Había desatendido su labor de madre, cosa que para ella, estaba por encima de todo, ¿de todo? Y había aparcado en la abuela los deberes esenciales.
Por eso cuando los niños reclaman su presencia, no les puede acompañar. La fiesta del colegio, el partido de fútbol, las dudas, las riñas con sus amigos, las alegrías. Se está perdiendo su vida y no se lo puede perdonar. La abuela se encarga de ellos, es muy dulce y atenta, pero no la pueden cargar. No es justo, lo sabe, pero… qué puede hacer.
Pobre Violeta, su trabajo le robó la ilusión, se convirtió en esclava de su propia ambición.
La relación con su esposo, va de mal en peor. No hablan, no comparten, no hacen el amor. Y para colmo, su suegra, critica con desmesura lo abandonado que está Salvador. Cómo no va a estarlo, si del joven que se casó con ella, solo queda la voz. Está calvo, tiene tripa, y la mirada que la enamoró; solo asoma la lentilla, apagada y sin vigor, Ha olvidado la ternura y tiene helado el corazón.
Hace unos días que Violeta ha dejado de comer. Su familia está preocupada, no puedes coger la baja. Ella sufre mucho, si Violeta no trabaja, adiós al apartamento en la playa.
Una llamada de teléfono, la pone en marcha de nuevo. Una amiga insiste, por enésima vez, tomar con ella un café.
Claro que tienes tiempo, solo es querer.
Violeta se pone guapa, se pinta los labios y se recoge el pelo en un discreto moño. Se mira al espejo, y se ve.
Contempla su rostro, por un tiempo desconocido y descubre que llora sin querer.
Brotan de nuevo las lágrimas. El pulso se le dispara. La ilusión vuelve a nacer.
Ahora se ha dado cuenta que ha hipotecado su vida, su juventud, su alegría. Tiene cuarenta años y no se sabe querer.
Qué poco necesitaba, y era, lo que deseaba. Que alguien le diese el impulso, un estímulo y de nuevo, florecer.
En su casa, notan el cambio, no se lo pueden creer.
Violeta se ha cortado el pelo. Se ha comprado ropa y todas las tardes, antes de empezar el trabajo queda con su amiga a tomar café. Hablan de sus problemas, de sus ilusiones…Desahoga sus penas y acaricia el porvenir con entusiasmo y valentía.
La casa ya no es una cárcel y en el trabajo, se asombran de lo alegre que es. Su risa se ha hecho famosa y ella se encuentra tan bien…
Ha tomado las riendas de su vida, de su matrimonio y de la educación de sus hijos. Se siente capaz. Se quiere, se mima. Ahora, mira al pasado con desdén.
Ha abierto las ventanas de su alma y la luz ha iluminado su ser.
Es una mariposa libre del alfiler, mostrando sus colores, viviendo un nuevo amanecer.
El reloj no es su carcelero, su tictac ya no le provoca jaqueca.
El trabajo no marca su vida. La familia la necesita.
Ahora, puede disfrutar de su vida. Se reconoce mujer.
El tiempo, querida Violeta, no es la cadena que nos detiene la vida.
El trabajo, no es el barrote que destruye el vínculo con los demás.
Hay que aprender a vivir .
Violeta ha aprendido ha hacerlo y ahora es una madre, compañera y trabajadora contenta.
Pero sobre todo, es una mujer a gusto consigo misma.
El amor a los demás empieza por uno mismo.
.-.-
Amigos, con este cortito os dejo hasta mediados de diciembre.
Me voy de viaje. Os visitaré en la medida que me sea posible.
Muchos besos y hasta pronto.
lunes 23 de noviembre de 2009
martes 17 de noviembre de 2009
Se busca
Alberto salió de la agencia con el dossier bajo el brazo. Se encaminó a la cafetería más próxima y después de echar un vistazo al local, eligió una de las mesas que daban al ventanal. Llamó al camarero y tras pedirle un café solo, comenzó a examinar cada uno de los folios.
Uno a uno los fue desechando, nada le convenía. Todas y cada una de las informaciones le resultaban banales; desprovistas de toda fuerza.
Sin ánimos para seguir, se levantó y con la documentación de nuevo bajo el brazo, salió a la calle.
No había dado dos pasos cuando una mujer se le echó prácticamente encima. Había salido de una de las tiendas vecinas y las prisas le habían jugado una mala pasada. Se disculpó y reanudó su camino, pero para Alberto, aquel encuentro imprevisto había resultado un descubrimiento.
La mujer, una rubia bien vestida y de unos cuarenta años, había puesto el dispositivo en marcha; la búsqueda había acabado o mejor…no había hecho más que empezar.
Como un detective, siguió sigiloso sus pasos. Descubrió dónde residía y a partir de ahí, comenzó su persecución en la sombra, prudente en todas sus acciones, constató que vivía sola y poco a poco fue apropiándose de su vida como una sanguijuela arrebata la sangre de su víctima.
Pasado un tiempo, decidió darse a conocer y aprovechando que ella trabajaba en una Asesoría Fiscal, acudió a ella como un cliente más.
Alberto poseía un encanto natural, era atractivo y sus modales eran siempre de un caballero a la vieja usanza. De esta forma, era habitual que gustase tanto a las hijas como a las madres.
Pero Alberto tenía un problema; él gustaba pero a él no le gustaba cualquiera. Exigía la perfección, su perfección y eso…era imposible. Al inicio de las relaciones, las chicas hacían todo lo posible por mantenerlo contento pero pronto se aburrían de aquella farsa y lo dejaban.
Por esa causa había acudido a una Agencia de Contactos, pensó que de esa manera, se ahorraría tiempo en conocer a la mujer de sus sueños. Infeliz, creyó que en un test, una mujer puede poner al aire su alma…
Y ahora, se veía envuelto en el destino traicionero. Cupido le había perforado el corazón con la flecha más envenenada; la del amor.
De lo que no se había dado cuenta Alberto era que aquella mujer, Sandra, era una de los folios que aquel inesperado día, había descartado por superficial.
Uno a uno los fue desechando, nada le convenía. Todas y cada una de las informaciones le resultaban banales; desprovistas de toda fuerza.
Sin ánimos para seguir, se levantó y con la documentación de nuevo bajo el brazo, salió a la calle.
No había dado dos pasos cuando una mujer se le echó prácticamente encima. Había salido de una de las tiendas vecinas y las prisas le habían jugado una mala pasada. Se disculpó y reanudó su camino, pero para Alberto, aquel encuentro imprevisto había resultado un descubrimiento.
La mujer, una rubia bien vestida y de unos cuarenta años, había puesto el dispositivo en marcha; la búsqueda había acabado o mejor…no había hecho más que empezar.
Como un detective, siguió sigiloso sus pasos. Descubrió dónde residía y a partir de ahí, comenzó su persecución en la sombra, prudente en todas sus acciones, constató que vivía sola y poco a poco fue apropiándose de su vida como una sanguijuela arrebata la sangre de su víctima.
Pasado un tiempo, decidió darse a conocer y aprovechando que ella trabajaba en una Asesoría Fiscal, acudió a ella como un cliente más.
Alberto poseía un encanto natural, era atractivo y sus modales eran siempre de un caballero a la vieja usanza. De esta forma, era habitual que gustase tanto a las hijas como a las madres.
Pero Alberto tenía un problema; él gustaba pero a él no le gustaba cualquiera. Exigía la perfección, su perfección y eso…era imposible. Al inicio de las relaciones, las chicas hacían todo lo posible por mantenerlo contento pero pronto se aburrían de aquella farsa y lo dejaban.
Por esa causa había acudido a una Agencia de Contactos, pensó que de esa manera, se ahorraría tiempo en conocer a la mujer de sus sueños. Infeliz, creyó que en un test, una mujer puede poner al aire su alma…
Y ahora, se veía envuelto en el destino traicionero. Cupido le había perforado el corazón con la flecha más envenenada; la del amor.
De lo que no se había dado cuenta Alberto era que aquella mujer, Sandra, era una de los folios que aquel inesperado día, había descartado por superficial.
lunes 9 de noviembre de 2009
Los sueños...sueños son
Mary despertó de un profundo sueño. La larga noche había transformado su pobre aldea en un gran monstruo en el que todo era luz, ruido y un penetrante olor a cebolla caramelizada.
Se encontraba en medio de un lugar desconocido, y asustada, miraba a esa gente extraña que pasaba por su lado sin apenas mirarla. Ellos no notaban su presencia y si lo hacían era de manera indiferente, sin embargo ella, cada paso que daba se convertía en un momento de terror, sus ojos no daban crédito a lo que veían.
Almas tan diferentes, con sus ropajes estrafalarios y el pelo…¿qué les pasaba? ¿dónde estaban sus amigos? ¿qué lugar era ese?. Todo preguntas que no sabía contestar.
Una niña se acercó sin disimulo y con dulce voz le preguntó: ¿qué disfraz es ese? ¿vienes de una fiesta?
Mary no contestó, aquella niña hablaba de forma diferente y aunque no la entendía, comprendió que aquella muchachita no podía ser peligrosa y tal vez podría ayudarla, así que la dejó hacer.
Un apuesto caballero se acercó a las dos y mientras la niña hablaba con el hombre, ella solo pudo llorar. Sentía miedo, estaba sola y no entendía que era aquello. Atravesaron un gran Puente y caminó de mano de la niña, cada vez más asustada. Casas de metal corrían por la calle, la gente asomaba sus caras por las pequeñas ventanas, el ruido era ensordecedor, estaba atemorizada, era como un gatito en una fiesta de perros.
…Encerrados en aquella caja que elevaba su estómago hacia la garganta, de la misma forma que la izaba a lo más alto de aquella montaña, donde la cueva, convertida en una gran mampara de cristal solo hizo que Mary perdiese la conciencia y cayese derrumbada en los brazos de aquel extraño caballero.
Cuando recobró el sentido descubrió su cuerpo limpio, blanco y cubierto con un nuevo vestido. Tumbada en un lecho mullido, conoció un estado nuevo. El tejido de su vestimenta era suave y la cama confortable; seguro que eso era el cielo.
Tal vez no estuviese despierta, tal vez siguiese soñando, tal vez aquello no fuese real. Tal vez…
Pero los días pasaban y después las noches llegaban. Y un día, la niña ya no estaba y el miedo volvió.
Cada día veía como el hombre salía y ella se quedaba encerrada en aquella caja de cristal. Cuando el sol caía, él regresaba con ella y la hablaba palabras que no entendía, con dulzura, con simpatía. Y en un momento, él la cogió de la mano y salió con ella a la calle. Pobre Mary, seguía tan asustada…pero menos; aquella mano la guiaba, la protegía y se aferraba a ella como un náufrago a una tabla.
…Una mujer desconocida la desvistió y la volvió a vestir, la desnudó y otra vez la vistió, después retiró su maltrecho calzado e introdujo sus pies en prisiones brillantes, uno, y otro, y otro, y ella dejaba hacer.
Aquel extraño caballero seguía allí con ella y con él no tenía miedo, era su protector y nada malo le harían mientras estuviese junto a ella.
Unas grandes tijeras talaron su encrespado cabello y unas manos prodigiosas elaboraron un bello peinado y ante el atemorizado reflejo que tenía delante de sí, comprobó una sonrisa amiga y eso la hizo feliz.
…Comprendió palabras, miradas y caricias. Entendió susurros, lágrimas y alegrías y descubrió que en viaje de sus sueños el viento la había depositado en los brazos del amor.
Ahora no quería despertar, aunque su piel notase un escalofrío de placer, aunque sus labios hirviesen de deseo y sus ojos cerrados contemplasen la vida que sentía dentro.
Una nueva Mary, distinta por dentro y por fuera, y entonces sucedió; amaneció un cielo turbio, sin luz, sin vida y su cuerpo bebió un beso frío.
No había cristales desde los que ver el Támesis; el río que siempre había sido suyo. No estaba la niña, no estaba el caballero…
“Ha sido un sueño” pensó. ¡Qué tonta! Y de un salto salió a la calle. Era el mismo lugar de siempre, el eterno olor a humo, la misma gente, las mismas ropas. La reconocían, era de los suyos pero en su interior ya nada era igual. Por un momento creyó ver aquella sonrisa amiga pero…aquello sería absurdo, nada, había sido un sueño o tal vez la peor de la pesadillas…o no.
Volvió a la cabaña, su madre había traído el agua con el que como cada día Mary se aseaba. La buena mujer la miró con ternura descubriendo en el rostro de su hija algo extraño.
Por más que la miraba no conseguía descifrar el misterio que rodeaba a su única hija. En ello estaba cuando unos gritos alteraron aquella situación.
Salieron a reunirse con los demás miembros de la aldea y ante el asombro común, apareció un hombre; viajando en la inmensidad de su sueño.
Todo sucedió en un segundo y pareció una eternidad pero mientras la madre acariciaba una perla en la oreja de su hija, ésta acudía al forastero y dándole la mano partió con él.
Porque los sueños no tienen barreras, ni dirección, ni reglas. Porque los sueños, sueños son.
Se encontraba en medio de un lugar desconocido, y asustada, miraba a esa gente extraña que pasaba por su lado sin apenas mirarla. Ellos no notaban su presencia y si lo hacían era de manera indiferente, sin embargo ella, cada paso que daba se convertía en un momento de terror, sus ojos no daban crédito a lo que veían.
Almas tan diferentes, con sus ropajes estrafalarios y el pelo…¿qué les pasaba? ¿dónde estaban sus amigos? ¿qué lugar era ese?. Todo preguntas que no sabía contestar.
Una niña se acercó sin disimulo y con dulce voz le preguntó: ¿qué disfraz es ese? ¿vienes de una fiesta?
Mary no contestó, aquella niña hablaba de forma diferente y aunque no la entendía, comprendió que aquella muchachita no podía ser peligrosa y tal vez podría ayudarla, así que la dejó hacer.
Un apuesto caballero se acercó a las dos y mientras la niña hablaba con el hombre, ella solo pudo llorar. Sentía miedo, estaba sola y no entendía que era aquello. Atravesaron un gran Puente y caminó de mano de la niña, cada vez más asustada. Casas de metal corrían por la calle, la gente asomaba sus caras por las pequeñas ventanas, el ruido era ensordecedor, estaba atemorizada, era como un gatito en una fiesta de perros.
…Encerrados en aquella caja que elevaba su estómago hacia la garganta, de la misma forma que la izaba a lo más alto de aquella montaña, donde la cueva, convertida en una gran mampara de cristal solo hizo que Mary perdiese la conciencia y cayese derrumbada en los brazos de aquel extraño caballero.
Cuando recobró el sentido descubrió su cuerpo limpio, blanco y cubierto con un nuevo vestido. Tumbada en un lecho mullido, conoció un estado nuevo. El tejido de su vestimenta era suave y la cama confortable; seguro que eso era el cielo.
Tal vez no estuviese despierta, tal vez siguiese soñando, tal vez aquello no fuese real. Tal vez…
Pero los días pasaban y después las noches llegaban. Y un día, la niña ya no estaba y el miedo volvió.
Cada día veía como el hombre salía y ella se quedaba encerrada en aquella caja de cristal. Cuando el sol caía, él regresaba con ella y la hablaba palabras que no entendía, con dulzura, con simpatía. Y en un momento, él la cogió de la mano y salió con ella a la calle. Pobre Mary, seguía tan asustada…pero menos; aquella mano la guiaba, la protegía y se aferraba a ella como un náufrago a una tabla.
…Una mujer desconocida la desvistió y la volvió a vestir, la desnudó y otra vez la vistió, después retiró su maltrecho calzado e introdujo sus pies en prisiones brillantes, uno, y otro, y otro, y ella dejaba hacer.
Aquel extraño caballero seguía allí con ella y con él no tenía miedo, era su protector y nada malo le harían mientras estuviese junto a ella.
Unas grandes tijeras talaron su encrespado cabello y unas manos prodigiosas elaboraron un bello peinado y ante el atemorizado reflejo que tenía delante de sí, comprobó una sonrisa amiga y eso la hizo feliz.
…Comprendió palabras, miradas y caricias. Entendió susurros, lágrimas y alegrías y descubrió que en viaje de sus sueños el viento la había depositado en los brazos del amor.
Ahora no quería despertar, aunque su piel notase un escalofrío de placer, aunque sus labios hirviesen de deseo y sus ojos cerrados contemplasen la vida que sentía dentro.
Una nueva Mary, distinta por dentro y por fuera, y entonces sucedió; amaneció un cielo turbio, sin luz, sin vida y su cuerpo bebió un beso frío.
No había cristales desde los que ver el Támesis; el río que siempre había sido suyo. No estaba la niña, no estaba el caballero…
“Ha sido un sueño” pensó. ¡Qué tonta! Y de un salto salió a la calle. Era el mismo lugar de siempre, el eterno olor a humo, la misma gente, las mismas ropas. La reconocían, era de los suyos pero en su interior ya nada era igual. Por un momento creyó ver aquella sonrisa amiga pero…aquello sería absurdo, nada, había sido un sueño o tal vez la peor de la pesadillas…o no.
Volvió a la cabaña, su madre había traído el agua con el que como cada día Mary se aseaba. La buena mujer la miró con ternura descubriendo en el rostro de su hija algo extraño.
Por más que la miraba no conseguía descifrar el misterio que rodeaba a su única hija. En ello estaba cuando unos gritos alteraron aquella situación.
Salieron a reunirse con los demás miembros de la aldea y ante el asombro común, apareció un hombre; viajando en la inmensidad de su sueño.
Todo sucedió en un segundo y pareció una eternidad pero mientras la madre acariciaba una perla en la oreja de su hija, ésta acudía al forastero y dándole la mano partió con él.
Porque los sueños no tienen barreras, ni dirección, ni reglas. Porque los sueños, sueños son.
lunes 2 de noviembre de 2009
Sabor a hiel
Sonia tiene quince años, siempre ha sido una niña extrovertida, cariñosa y feliz. Sus padres, Asunción y Gregorio, están orgullosos de ella, parece la hija perfecta; a sus cualidades, hay que añadir que la chica, es una estudiante magnífica y sus profesores están encantados.
Todo perfecto, una vida de color de rosa, de flores sin espina hasta que…Sonia ha dejado de sonreír, poco a poco se va convirtiendo en una persona taciturna, agria y arisca. Parece que el cuento se ha acabado en esa familia.
Donde antes habías risas, ahora solo hay discusiones. Las reacciones de la joven comienzan a exasperar a su madre, que no ve ninguna justificación en ese cambio tan drástico que se ha producido. Y para colmo, Sonia ha dejado de comer…
Asun ya no puede más, cree que su hija ha entrado en esa espiral diabólica en la que muchas jovencitas han caído. Y temiendo que así sea, se propone hablar con su hija.
Cuando su madre le pregunta si se siente a gusto, si es feliz…Sonia no la deja continuar. Sabe por donde va su madre y la corta de forma tajante.
.-No quiero hablar. Se marcha dando un portazo y dejando a su madre llorando como una Magdalena.
Pero la madre no tira la toalla. Sigue controlando lo que come su hija, lo que hace y cómo lo hace, lo que dice y cómo lo dice y ya, desesperada ante esa situación y viendo el deterioro de su única hija, decide llevarla al médico. De nada sirven las protestas de Sonia, esta vez su madre no cejará en su empeño.
Tras varios días de pruebas y consultas con la doctora, por fin llega el día de los resultados.
Sentada tras la mesa, con la expresión más seria que de costumbre, la médica no se anda con rodeos y tras mirar levemente a Sonia se dirige a su madre:
.-“Sra. Fonseca, su hija está embarazada”
Sorprendida, Asun traga saliva de forma violenta e intenta recomponerse.
.-Bueno…eh…la verdad…
Realmente no sabe cómo encajarlo, ella esperaba otra cosa; tal vez peor, pero esto….
Mira a su hija que cabizbaja, no es capaz de resistir la mirada de su madre.
.-Sonia, hija, sabes que te queremos y decidas lo que decidas estaremos siempre para ayudarte.
.-¿Y el padre? ¿vas a decirnos quién es o prefieres callarlo?
Puesta en pie, la doctora se encamina hacia la madre y poniendo una mano sobre su hombro es ella la que contesta:
.- Asun, su hija jamás le dirá el nombre del padre pero yo tengo la obligación de hacerlo; es su marido.
Todo perfecto, una vida de color de rosa, de flores sin espina hasta que…Sonia ha dejado de sonreír, poco a poco se va convirtiendo en una persona taciturna, agria y arisca. Parece que el cuento se ha acabado en esa familia.
Donde antes habías risas, ahora solo hay discusiones. Las reacciones de la joven comienzan a exasperar a su madre, que no ve ninguna justificación en ese cambio tan drástico que se ha producido. Y para colmo, Sonia ha dejado de comer…
Asun ya no puede más, cree que su hija ha entrado en esa espiral diabólica en la que muchas jovencitas han caído. Y temiendo que así sea, se propone hablar con su hija.
Cuando su madre le pregunta si se siente a gusto, si es feliz…Sonia no la deja continuar. Sabe por donde va su madre y la corta de forma tajante.
.-No quiero hablar. Se marcha dando un portazo y dejando a su madre llorando como una Magdalena.
Pero la madre no tira la toalla. Sigue controlando lo que come su hija, lo que hace y cómo lo hace, lo que dice y cómo lo dice y ya, desesperada ante esa situación y viendo el deterioro de su única hija, decide llevarla al médico. De nada sirven las protestas de Sonia, esta vez su madre no cejará en su empeño.
Tras varios días de pruebas y consultas con la doctora, por fin llega el día de los resultados.
Sentada tras la mesa, con la expresión más seria que de costumbre, la médica no se anda con rodeos y tras mirar levemente a Sonia se dirige a su madre:
.-“Sra. Fonseca, su hija está embarazada”
Sorprendida, Asun traga saliva de forma violenta e intenta recomponerse.
.-Bueno…eh…la verdad…
Realmente no sabe cómo encajarlo, ella esperaba otra cosa; tal vez peor, pero esto….
Mira a su hija que cabizbaja, no es capaz de resistir la mirada de su madre.
.-Sonia, hija, sabes que te queremos y decidas lo que decidas estaremos siempre para ayudarte.
.-¿Y el padre? ¿vas a decirnos quién es o prefieres callarlo?
Puesta en pie, la doctora se encamina hacia la madre y poniendo una mano sobre su hombro es ella la que contesta:
.- Asun, su hija jamás le dirá el nombre del padre pero yo tengo la obligación de hacerlo; es su marido.
domingo 25 de octubre de 2009
La Dama del Puente
Paolo salió de casa, como todos los días, caminaba con su cartera bajo el brazo y aunque su recorrido variaba, siempre terminaba sentado en el Puente.
-Es donde se concentra toda la fauna. Ellos vienen al Puente, lo cruzan, se asoman al río, pero es gente sin alma y yo lo único que quiero es encontrar uno solo que se pare, que mire y sobre todo, que vea. Le decía a su madre al llegar a casa.
-Pero hijo es muy difícil dibujar un alma…contestaba su mamma.
Y allí estaba, sentado, esperando esa mirada que le sorprendiese…cuando la vio.
Acodada sobre el Puente Vecchio, contemplaba las aguas serenas del Arno mientras comentaba con su amiga la belleza que había descubierto en la ciudad y el deseo de que el reloj parase sus agujas y la convirtiese en estatua. Allí para siempre, en aquel maravilloso puente medieval.
Él la oía hablar y mientras espiaba cada movimiento, cada palabra, la dibujaba.
Ella seguía dando lecciones de Historia a su amiga; que embelesada dejaba correr la imaginación hasta mucho tiempo atrás.
De pronto, se dieron cuenta que aquel joven, sentado casi a sus pies, las miraba y dibujaba…y ella, le sonrió y al marcharse, le premió con un dulce ciao.
Paolo volvió a casa más tarde que de costumbre. Se metió en su estudio y pintó, día tras día, como una obsesión.
Cuando le preguntaban sobre ese trabajo que tan absorto le mantenía, él se limitaba a decir: no os preocupéis, estoy pintando un ángel.
Pero al acabar la labor, cubría el lienzo y no permitía que nadie lo observara.
.-.-.-.-.-.--.-.-.-.-.
Habían pasado muchos años desde que Paolo comenzó en serio su carrera de pintor y por fin, ya entrado en años, se veía reconocido su trabajo.
Una Galería expondría sus cuadros en Roma; él hubiese preferido hacerlo en Florencia pero un amigo suyo le había proporcionado esa oportunidad y no iba a desaprovecharla. Nunca es tarde.
La exposición se titulaba “Dama en el Puente” y constaba de una serie de dibujos y pinturas relacionados con una mujer desconocida asomada al Arno.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Laura llevaba dos años en Roma estudiando Bellas Artes, hospedada en la Residencia de los Ángeles del Divino Tesoro había quedado con su amiga Daniella para ir a ver la exposición de un pintor del que aseguraban los entendidos era espectacular.
La Galería estaba llena de estudiantes que como Laura, habían recibido la invitación y la recomendación de sus profesores. Tras los primeros saludos, Laura se distanció para deleitarse con aquellos dibujos….que…aquella mujer…pero…si parece…
Atropelladamente llegó hasta Daniella; ven, mira, fíjate, ¿no te suena de nada esta mujer?
Las dos delante de uno de los cuadros, atónitas, miraban la pintura y se miraban entre ellas.
- No puede ser.
- Si, Daniella, mi madre tiene fotos de ella en el Puente, es su cara y además mira, en este otro hay dos mujeres, ella y su amiga.
- Mi madre era jovencita cuando viajó a Italia con sus padres y a ella como a su madre, les encantaba la fotografía. Sacaron un ciento de ellas; en una está con Helena, era su amiga y siempre iban juntas de viaje y aquí están; es este cuadro. Ella, es mi abuela. La dama del Puente es ella!
Una mano se posó sobre su hombro, la voz de un hombre rompió el desconcierto cuando suavemente le dijo: Soy Paolo Deltrebbio. Me he dado cuenta que te sorprendías y me he acercado a tiempo de oír lo que decías a tu compañera. Perdona mi curiosidad pero era inevitable…
- Es mi abuela, acertó a decir de nuevo Laura. Temblaba.
- Posiblemente, no conozco su nombre. La vi en el Puente, era tan bella; sus labios tenían la forma del corazón y sus ojos…miraban con tanto amor….Aquel día se presentó ante mí un ángel, supe que tenía que pintar su rostro, capturar su alma…porque aquella mujer…supe que era especial.
- Lo era.
- ¿ era ?
- Murió hace unos años en un accidente.
-¿Cómo se llamaba?
- María
-Es donde se concentra toda la fauna. Ellos vienen al Puente, lo cruzan, se asoman al río, pero es gente sin alma y yo lo único que quiero es encontrar uno solo que se pare, que mire y sobre todo, que vea. Le decía a su madre al llegar a casa.
-Pero hijo es muy difícil dibujar un alma…contestaba su mamma.
Y allí estaba, sentado, esperando esa mirada que le sorprendiese…cuando la vio.
Acodada sobre el Puente Vecchio, contemplaba las aguas serenas del Arno mientras comentaba con su amiga la belleza que había descubierto en la ciudad y el deseo de que el reloj parase sus agujas y la convirtiese en estatua. Allí para siempre, en aquel maravilloso puente medieval.
Él la oía hablar y mientras espiaba cada movimiento, cada palabra, la dibujaba.
Ella seguía dando lecciones de Historia a su amiga; que embelesada dejaba correr la imaginación hasta mucho tiempo atrás.
De pronto, se dieron cuenta que aquel joven, sentado casi a sus pies, las miraba y dibujaba…y ella, le sonrió y al marcharse, le premió con un dulce ciao.
Paolo volvió a casa más tarde que de costumbre. Se metió en su estudio y pintó, día tras día, como una obsesión.
Cuando le preguntaban sobre ese trabajo que tan absorto le mantenía, él se limitaba a decir: no os preocupéis, estoy pintando un ángel.
Pero al acabar la labor, cubría el lienzo y no permitía que nadie lo observara.
.-.-.-.-.-.--.-.-.-.-.
Habían pasado muchos años desde que Paolo comenzó en serio su carrera de pintor y por fin, ya entrado en años, se veía reconocido su trabajo.
Una Galería expondría sus cuadros en Roma; él hubiese preferido hacerlo en Florencia pero un amigo suyo le había proporcionado esa oportunidad y no iba a desaprovecharla. Nunca es tarde.
La exposición se titulaba “Dama en el Puente” y constaba de una serie de dibujos y pinturas relacionados con una mujer desconocida asomada al Arno.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Laura llevaba dos años en Roma estudiando Bellas Artes, hospedada en la Residencia de los Ángeles del Divino Tesoro había quedado con su amiga Daniella para ir a ver la exposición de un pintor del que aseguraban los entendidos era espectacular.
La Galería estaba llena de estudiantes que como Laura, habían recibido la invitación y la recomendación de sus profesores. Tras los primeros saludos, Laura se distanció para deleitarse con aquellos dibujos….que…aquella mujer…pero…si parece…
Atropelladamente llegó hasta Daniella; ven, mira, fíjate, ¿no te suena de nada esta mujer?
Las dos delante de uno de los cuadros, atónitas, miraban la pintura y se miraban entre ellas.
- No puede ser.
- Si, Daniella, mi madre tiene fotos de ella en el Puente, es su cara y además mira, en este otro hay dos mujeres, ella y su amiga.
- Mi madre era jovencita cuando viajó a Italia con sus padres y a ella como a su madre, les encantaba la fotografía. Sacaron un ciento de ellas; en una está con Helena, era su amiga y siempre iban juntas de viaje y aquí están; es este cuadro. Ella, es mi abuela. La dama del Puente es ella!
Una mano se posó sobre su hombro, la voz de un hombre rompió el desconcierto cuando suavemente le dijo: Soy Paolo Deltrebbio. Me he dado cuenta que te sorprendías y me he acercado a tiempo de oír lo que decías a tu compañera. Perdona mi curiosidad pero era inevitable…
- Es mi abuela, acertó a decir de nuevo Laura. Temblaba.
- Posiblemente, no conozco su nombre. La vi en el Puente, era tan bella; sus labios tenían la forma del corazón y sus ojos…miraban con tanto amor….Aquel día se presentó ante mí un ángel, supe que tenía que pintar su rostro, capturar su alma…porque aquella mujer…supe que era especial.
- Lo era.
- ¿ era ?
- Murió hace unos años en un accidente.
-¿Cómo se llamaba?
- María
sábado 17 de octubre de 2009
Solo una caja
Recordar es para aquellos que han olvidado (Plotino)
Mi abuela decía que “cuando el diablo se aburre, con el rabo mata moscas” y eso mismo hice yo una tarde de invierno, fría, pero muy bella. La nieve había caído y la ciudad me mostraba un paisaje que yo, desde mi ventana, celebraba.
Y empecé a enredar, cambié el destino de varios libros, rompí en pedazos poemas escritos en días de furia y que ahora, no me decían nada y accedí, gracias a una escalera algo destartalada, al altillo de un armario, que el pobre, por estar en un cuarto olvidado de la gente, sirve para acumular ropas pasadas de moda y que por el apego que llegamos a tener a determinadas cosas, nadie quiere tirar.
Frente a mí, un número en una caja, una caja olvidada y un misterio por resolver. Cogí el valioso cofre y bajé la inestable escalera. Me senté encima de la cama con el propósito de formar un abanico con las cosas allí guardadas.
Y la abrí.
(El 3 de septiembre de 2002, un conductor despistado, se llevó parte de mi memoria, desde entonces…cualquier brizna feliz de mi pasado supone la mayor joya que puedan regalarme).
Algo en mí, como un dispositivo, se puso en marcha. Todas y cada una de las pequeñas cosas, decían algo sobre mí.
Iba a reencontrarme con una parte que había olvidado, aquella caja era un tesoro, ignorado en una altillo, sin la menor atención.
Una desgastada guía de viajes, con la página correspondiente a Soria, marcada con un poema de Machado. Llevaba allí muchos años, entristecida por haberla repudiado y cambiado por otra más moderna y según la publicidad del tiempo, más completa. Creo que hasta me dio la bienvenida a su humilde hogar y abrió sus hojas sin pudor, entregándome su corazón.
Un calendario de l979, a saber por qué estaba allí y no el del año anterior. Vaya, una de las lagunas…
Varias cartas de amor, pocas, pero muy bonitas.
La primera libreta de ahorros que tuve. Pobrecita, marca la cantidad en pesetas. ¡Huy! va pasando el tiempo…
Unos pendientes de plata, casi negros, me miran desde un rincón, será posible, si estabais aquí, escondidos, sigilosos, eludiendo vuestro despido al mismísimo infierno. Recuerdo, ¡qué bien me suena! Recuerdo que cada vez que me los ponía, mis orejas manaban sangre. ¡Dios! que tortura. Pero yo me los ponía, toda valiente, sin miedo al hinchazón, qué lástima, cómo sufrieron …
¿Y ésta culebra metálica que desenrosca su figura, contoneándose y dándome en las narices, qué puñetas hace aquí? Maldito cinturón, te libraste de la aniquilación por tu nombre y porque, qué caray, eres precioso.
Pero ya está bien, mostrándote ante mí, a estas alturas, no es de recibo. Hace tanto, tanto tiempo que no cruzas mi cintura, que los cierres que te brillan, olvidaron mi figura…Qué pena, tan bonito…
¡Pero bueno! ¿Ésta foto? Jo, que guapo era. ¿Cómo pude meterla en esta caja? El se fue a Alemania, me pidió que fuese con él. ¡Ay! Entonces las cosas y las ideas eran distintas, y rechacé su propuesta.
No había más en la caja y ante aquellos objetos ¿insignificantes? pude recordar.
Ya no servían de nada, solo ocupaban un espacio en el altillo del armario. Ahora, volvían a estar en mi memoria, pero no podía tirarlos, formaban parte de mi vida, en fin, solo cosas banales.
Pero es así, nuestra vida es un entramado de cosas y vivencias que parecen no tener valor, sin embargo, son las que crean nuestro camino.
En ocasiones, nos gusta rodar por vías rectas, acelerando, sin percibir el paisaje, aunque luego, volvamos a nuestra ruta original.
Guardé mis recuerdos en la caja y la coloqué en su lugar, ahí está bien. Son parte de mi raíz, y ¿qué haría un árbol sin ella? Morir.
Otra tarde, buscaré más tesoros, recordaré otra parte de mi vida.
Quiero recuperar mi memoria. Me gusta sentirme viva.
Y…¿1979?
Mi abuela decía que “cuando el diablo se aburre, con el rabo mata moscas” y eso mismo hice yo una tarde de invierno, fría, pero muy bella. La nieve había caído y la ciudad me mostraba un paisaje que yo, desde mi ventana, celebraba.
Y empecé a enredar, cambié el destino de varios libros, rompí en pedazos poemas escritos en días de furia y que ahora, no me decían nada y accedí, gracias a una escalera algo destartalada, al altillo de un armario, que el pobre, por estar en un cuarto olvidado de la gente, sirve para acumular ropas pasadas de moda y que por el apego que llegamos a tener a determinadas cosas, nadie quiere tirar.
Frente a mí, un número en una caja, una caja olvidada y un misterio por resolver. Cogí el valioso cofre y bajé la inestable escalera. Me senté encima de la cama con el propósito de formar un abanico con las cosas allí guardadas.
Y la abrí.
(El 3 de septiembre de 2002, un conductor despistado, se llevó parte de mi memoria, desde entonces…cualquier brizna feliz de mi pasado supone la mayor joya que puedan regalarme).
Algo en mí, como un dispositivo, se puso en marcha. Todas y cada una de las pequeñas cosas, decían algo sobre mí.
Iba a reencontrarme con una parte que había olvidado, aquella caja era un tesoro, ignorado en una altillo, sin la menor atención.
Una desgastada guía de viajes, con la página correspondiente a Soria, marcada con un poema de Machado. Llevaba allí muchos años, entristecida por haberla repudiado y cambiado por otra más moderna y según la publicidad del tiempo, más completa. Creo que hasta me dio la bienvenida a su humilde hogar y abrió sus hojas sin pudor, entregándome su corazón.
Un calendario de l979, a saber por qué estaba allí y no el del año anterior. Vaya, una de las lagunas…
Varias cartas de amor, pocas, pero muy bonitas.
La primera libreta de ahorros que tuve. Pobrecita, marca la cantidad en pesetas. ¡Huy! va pasando el tiempo…
Unos pendientes de plata, casi negros, me miran desde un rincón, será posible, si estabais aquí, escondidos, sigilosos, eludiendo vuestro despido al mismísimo infierno. Recuerdo, ¡qué bien me suena! Recuerdo que cada vez que me los ponía, mis orejas manaban sangre. ¡Dios! que tortura. Pero yo me los ponía, toda valiente, sin miedo al hinchazón, qué lástima, cómo sufrieron …
¿Y ésta culebra metálica que desenrosca su figura, contoneándose y dándome en las narices, qué puñetas hace aquí? Maldito cinturón, te libraste de la aniquilación por tu nombre y porque, qué caray, eres precioso.
Pero ya está bien, mostrándote ante mí, a estas alturas, no es de recibo. Hace tanto, tanto tiempo que no cruzas mi cintura, que los cierres que te brillan, olvidaron mi figura…Qué pena, tan bonito…
¡Pero bueno! ¿Ésta foto? Jo, que guapo era. ¿Cómo pude meterla en esta caja? El se fue a Alemania, me pidió que fuese con él. ¡Ay! Entonces las cosas y las ideas eran distintas, y rechacé su propuesta.
No había más en la caja y ante aquellos objetos ¿insignificantes? pude recordar.
Ya no servían de nada, solo ocupaban un espacio en el altillo del armario. Ahora, volvían a estar en mi memoria, pero no podía tirarlos, formaban parte de mi vida, en fin, solo cosas banales.
Pero es así, nuestra vida es un entramado de cosas y vivencias que parecen no tener valor, sin embargo, son las que crean nuestro camino.
En ocasiones, nos gusta rodar por vías rectas, acelerando, sin percibir el paisaje, aunque luego, volvamos a nuestra ruta original.
Guardé mis recuerdos en la caja y la coloqué en su lugar, ahí está bien. Son parte de mi raíz, y ¿qué haría un árbol sin ella? Morir.
Otra tarde, buscaré más tesoros, recordaré otra parte de mi vida.
Quiero recuperar mi memoria. Me gusta sentirme viva.
Y…¿1979?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


